Nada se cae, pero nada crece

Nada se cae, pero nada crece

enero 20, 2026 Desactivado Por Redacción A

Las universidades públicas viven ahí desde hace tiempo

MÁS ALLÁ DEL DISCURSO

Por Carla Saucedo

ENFOQUEX mx

20 DE ENERO 2026

Hay una forma muy particular de desgaste que no hace ruido. No se anuncia, no colapsa de golpe, no genera titulares espectaculares. Simplemente se acumula. Año con año. Ajuste tras ajuste. Como si el sistema hubiera aprendido a sobrevivir en una precariedad cuidadosamente administrada.

Las universidades públicas viven ahí desde hace tiempo. No en la quiebra —esa sería demasiado visible—, sino en una especie de suspensión permanente donde todo funciona “más o menos”, siempre y cuando nadie pida demasiado. Ni tiempo. Ni expansión. Ni condiciones dignas. Mucho menos futuro.

El problema no es que falte dinero de manera súbita. El problema es más sofisticado: se ha normalizado que los incrementos no alcancen, que la inflación coma en silencio, que las obligaciones crezcan mientras el presupuesto se estira hasta volverse una ficción contable. Se le llama disciplina fiscal, responsabilidad, realismo. Pero en la práctica es otra cosa: desgaste estructural.

Cuando una institución dedica más energía a tapar huecos que a pensar, algo se rompe. No de inmediato. Primero se posterga. Luego se improvisa. Después se gestiona el riesgo. Al final, se vuelve costumbre. Y lo que era excepción se vuelve regla.

La conversación pública suele quedarse en la superficie: cuánto subió, cuánto faltó, quién pidió más. Pero rara vez se nombra lo que eso produce puertas adentro. Programas que no crecen. Plantillas congeladas. Infraestructura que envejece. Salarios que se negocian como si fueran favores extraordinarios. Autoridades obligadas a mendigar lo que debería estar previsto.

Hay una paradoja incómoda en todo esto. Se exige a las universidades que amplíen cobertura, que sostengan calidad, que investiguen, que formen, que innoven, que respondan a demandas sociales cada vez más complejas. Todo eso, al mismo tiempo, bajo un esquema donde el presupuesto apenas alcanza para que nada se caiga. No para mejorar. No para proyectar. Solo para resistir. Resistir, sin embargo, no es una política. Es una condición límite. Y cuando se prolonga demasiado, deja de ser virtud y se convierte en desgaste moral.

Porque trabajar siempre al borde no solo empobrece a las instituciones; empobrece el horizonte desde el cual se piensa la educación pública. Quizá por eso el problema no se siente como crisis, sino como cansancio. Un cansancio denso, institucional, que no se resuelve con discursos ni con llamados a la austeridad bien entendida. Porque no hay austeridad que compense la erosión constante.

Lo verdaderamente preocupante no es que un año no alcance. Es que ya nadie se sorprenda. Que la insuficiencia se haya vuelto parte del paisaje. Que pedir lo mínimo empiece a parecer excesivo. Y cuando eso ocurre, no estamos hablando solo de números. Estamos hablando de una decisión silenciosa sobre qué lugar ocupa la universidad pública en el proyecto de país. Todo lo demás son rodeos.