Cuando el origen no basta: violencia, hombres y las historias que no queremos leer

Cuando el origen no basta: violencia, hombres y las historias que no queremos leer

marzo 3, 2026 Desactivado Por Martin Luna

La literatura no evita el horror. Pero sí puede enseñarnos a nombrarlo. Y nombrar es el primer paso para transformarlo

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3 DE MARZO 2026

En redes sociales se viralizó la entrevista que Saskia Niño de Rivera realizó a un hombre privado de su libertad, conocido como “Beto”. El relato es devastador: abandono, abuso sistemático, violencia sexual desde la infancia, explotación por grupos criminales, aprendizaje de la crueldad como única forma de supervivencia.


Y entonces la narrativa aparece, casi automática: “La violencia no nace sola”.
“La cárcel está llena de adultos que alguna vez fueron niños desprotegidos”.
Es cierto. Pero no es toda la verdad.


Porque si afinamos la mirada, en la historia de Beto hay algo que se repite como un eco persistente: hombres. Hombres que abandonan. Hombres que golpean. Hombres que violan. Hombres que reclutan. Hombres que pagan por matar. Hombres que ejercen poder desde la impunidad. No solo estamos hablando de una abstracción llamada “violencia”, sino de un patrón.


Los datos en México son contundentes: la gran mayoría de los delitos violentos homicidios, violencia familiar, abuso sexual, trata son cometidos por hombres. Y, sin embargo, millones de mujeres también han sido niñas violentadas, niñas abusadas, niñas desprotegidas… y no replican la violencia en las mismas proporciones.


Entonces ¿qué le pasó a ese niño?, ¿qué modelo de masculinidad aprendió?
La filósofa Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo que no se nace, sino que se llega a ser. Esa frase, tantas veces citada, nos recuerda que las identidades no son destino biológico, sino construcción cultural. Si eso es cierto para las mujeres, también lo es para los hombres.


¿Qué estamos enseñando a los niños sobre el poder?
¿Sobre el dolor?
¿Sobre la vulnerabilidad?
¿Sobre la fuerza?


En Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie advierte que a los hombres se les encierra en una “jaula de la masculinidad”: deben ser duros, proveedores, invulnerables. No pueden llorar. No pueden mostrarse frágiles. No pueden pedir ayuda. Pero el análisis no termina ahí. Porque no basta con comprender el origen; hay que asumir la responsabilidad.


Emma Goldman, en La mujer más peligrosa del mundo, denunció que la opresión no es solo estructural, también es íntima, cotidiana, aprendida. Las sociedades educan cuerpos y emociones. Y si educamos a los hombres para dominar, no debería sorprendernos que algunos aprendan a ejercer ese dominio hasta el extremo.


Mucho antes, en 1792, Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer, reclamando educación racional para las mujeres. Pero quizá hoy también tendríamos que hablar de educación emocional para los hombres. Porque si la Ilustración excluyó a las mujeres, la cultura patriarcal también mutiló a los hombres, enseñándoles que sentir es debilidad y que el poder se demuestra imponiéndose.
Y aquí la literatura vuelve a ser necesaria.


En Una habitación propia, Virginia Woolf nos recordó que para escribir se necesita independencia material y simbólica. Pero para no destruir también se necesita algo: referentes, lenguaje emocional, espacios donde la vulnerabilidad no sea humillación.


Leer a estas autoras nos obligan a mirar la raíz, pero también el sistema que riega esa raíz todos los días. La historia de Beto no puede reducirse a la compasión ni al escándalo. Tampoco puede convertirse en justificación. Si de verdad queremos romper el ciclo, la conversación no puede terminar en el “pobrecito niño”. Tiene que avanzar hacia el “¿qué estamos haciendo con nuestros niños?” y, más aún, “¿qué modelo de hombre estamos reproduciendo?”.


Porque la violencia no es un ente amorfo. Tiene historia. Tiene estructura. Tiene género.
Y mientras no queramos leer esa historia completa con todas sus incomodidades seguiremos impactándonos por el crimen, pero ignorando el origen.


Quizá por eso hoy más que nunca conviene volver a estas lecturas.
La literatura no evita el horror. Pero sí puede enseñarnos a nombrarlo. Y nombrar es el primer paso para transformarlo.