Leer para vivir
diciembre 4, 2025Leer sigue siendo la manera más digna de sobrevivir a la realidad

GRECAS Y LETRAS
Por: Carmen Saucedo
ENFOQUEX mx
4 DE DICIEMBRE 2025
En esta época en la que uno podría creer que la lectura ha sido desterrada por completo —victoria aplastante del meme sobre el pensamiento, del tutorial sobre la reflexión y del scroll eterno sobre la paciencia—, todavía aparece la pregunta, pertinaz como mosca de cantina: ¿por qué seguimos leyendo en pleno siglo XXI?
La respuesta no está en los informes solemnes donde algún funcionario descubre, entre diapositivas, que la gente no lee (¡qué sorpresa!). Tampoco está en las campañas donde se insiste en que leer “es cool”, como si un libro necesitara ponerse tenis fosforescentes para ser tomado en serio. No. La respuesta es mucho más simple e íntima: seguimos leyendo porque la realidad, tal cual, resulta insuficiente.
La lectura sigue siendo el refugio favorito de quienes sospechamos que la vida, sin literatura, viene con menos funciones que un celular barato.
Cuando el mundo se vuelve insoportablemente literal —tan literal que duele—, ahí está un libro listo para recordarnos que la imaginación es más confiable que el noticiero de las nueve. Algunos buscan consuelo en El Principito, otros prefieren la desolación terapéutica de Rulfo. Cada quien elige el antídoto que necesita.
Decir que leemos “por entretenimiento” suena casi ofensivo. Claro que nos entretenemos, pero no es el entretenimiento fácil del video de treinta segundos que nos enseña cómo cortar una sandía en forma de cisne. El entretenimiento del buen lector tiene la mala costumbre de exigir neuronas. Y tiempo. Y, peor aún, silencio.
Los libros, esos tercos guardianes de papel, también cargan con una responsabilidad que nadie les pidió: ser nuestra memoria.
Generaciones enteras se han formado gracias a ellos:
— Los abuelos con El Principito y Corazón Diario de un Niño.
— Los padres entre Pedro Páramo y El llano en llamas, aprendiendo que el silencio también cuenta historias.
— Los hijos, que sobreviven al caos moderno de la mano de Valeria Luiselli, John Green o cualquier autor que no les hable como si fueran tontos.
Cada generación tiene sus debilidades literarias, pero todas coinciden en algo: el libro adecuado, en la hora adecuada, funciona mejor que un terapeuta con agenda saturada.
Y está, por supuesto, el asunto del acompañamiento emocional, ese fenómeno misterioso que ocurre cuando un desconocido, desde otra época y otro continente, escribe algo que nos desnuda mejor que nuestra propia conciencia. ¿Cómo no leer si un libro puede consolarnos sin pedirnos nada a cambio? Ni siquiera una suscripción.
Así que, ¿por qué seguimos leyendo en pleno siglo XXI?
Porque, a pesar de los algoritmos que pretenden adivinar lo que queremos, seguimos creyendo en la magia de una página que se abre.
Porque necesitamos historias para que el mundo no nos quede tan estrecho.
Porque un buen libro nos recuerda que el pensamiento, contra todo pronóstico, todavía sirve.
Leemos porque es la última rebeldía silenciosa que nos queda.
Porque, en un planeta que celebra la inmediatez, elegir un libro es un acto profundamente subversivo.
Y, sobre todo, porque —aunque nadie lo admita en voz alta— leer sigue siendo la manera más digna de sobrevivir a la realidad.


