El drama del desencantado y las rutas de todos los días

El drama del desencantado y las rutas de todos los días

mayo 19, 2026 Desactivado Por Martin Luna

«El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.»
— Gabriel García Márquez

GRECAS Y LETRAS

Por Carmen Saucedo

ENFOQUEX mx

19 DE MAYO2026

Hay textos pequeños que tienen la extraña costumbre de quedarse viviendo dentro de una. Aparecen sin aviso en medio del tráfico, mientras esperas un semáforo o miras por la ventana. Este relato de García Márquez me sucede así: llega de repente, se instala unos minutos y me hace mirar distinto las cosas.


Todos los días tengo cuatro variantes para llegar al trabajo. Una podría pensar que un trayecto es simplemente un trayecto: salir, subir al carro, llegar al destino y repetir la operación al día siguiente. Pero no. Cada camino parece tener personalidad propia.


Está la ruta rápida, la eficiente, la práctica. La de las avenidas principales. Esa que corta tiempo y distancia, pero también conversaciones silenciosas. Ahí no existe mucho más que el asfalto corriendo debajo de las llantas y yo quedándome a solas con mis pensamientos. Es una ruta que sirve para llegar, pero no necesariamente para mirar.


Luego está mi favorita: una relativamente más larga que atraviesa algunas colonias y me permite asomarme, aunque sea unos segundos, a la cotidianidad ajena. Sin querer, he ido armando una colección de personas y escenarios que ya siento familiares, aunque nunca haya cruzado una palabra con ellos.


Por ejemplo, está doña Mary —le puse ese nombre porque me parece que le queda— y su colección de rosas del desierto acomodadas afuera de su casa. Este mes apareció una blanca. Espero sinceramente que le vaya bien con ese cambio, aunque desde mi muy poco profesional perspectiva, las rosas o las rojizas iban muy bien con la fachada de su casa. Pero quizá uno nunca sabe: tal vez las plantas también necesitan reinventarse.


También está el depósito de la esquina. Dependiendo de la hora, puede parecer dos lugares completamente distintos: algunas veces está vacío y silencioso; otras, tiene pequeños grupos de personas entrando y saliendo, cargando bolsas, refrescos, conversaciones o quizá preocupaciones.


Y luego está esa casa con una cruz iluminada que me intriga desde hace semanas. Aún no sé si es un mosaico incrustado en la pared, una pieza decorativa o una extraña estructura conectada a la corriente eléctrica. Cada mañana paso pensando que algún día descubriré el misterio, y cada mañana sigo sin detenerme a averiguarlo.


En ese trayecto veo personas regando plantas, niños que aún tienen cara de sueño, alguien barriendo una banqueta, alguien más esperando transporte con café en mano, una señora acomodando mercancía, un perro haciendo guardia frente a una puerta. Fragmentos mínimos de vidas que seguramente son inmensas para quienes las viven.


Y entonces inevitablemente recuerdo el relato de García Márquez.
Pienso que quizá todos somos las ventanas de alguien más. Apenas pequeños cuadros que otros observan por segundos sin saber realmente qué ocurre dentro. Porque las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos y los breves instantes de felicidad casi nunca llegan a la escalera común.


También están las otras rutas: las que aparecen cuando me toca un conductor que, seguramente igual que yo, maneja como Dios le da a entender y termina improvisando caminos nuevos; o el clásico estratega financiero que decide cobrar un poco más por el viaje y me lleva por la ruta panorámica, descubriendo calles que jamás habría recorrido por voluntad propia. Y curiosamente, nunca me molesta demasiado.


Porque entre desvíos, rosas del desierto, depósitos, cruces iluminadas y vidas ajenas que pasan frente a mis ojos durante segundos, me descubro haciendo mi propia caída imaginaria, como el desencantado de García Márquez. Antes de aventarme y reventarme contra el pavimento, alcanzo a mirar mi vida: mis mañanas, mi rutina, las personas que amo, las historias diminutas que encuentro en el camino y mi trabajo esperándome al final del trayecto.


Y justo antes del impacto, llego siempre a la misma conclusión: esa vida que recorro cada mañana, esa que a veces parece tan ordinaria, merece profundamente ser vivida.